Alama, Cátedro Y Pelayo

 

Carlos Espinoza León y la representatividad social de sus relatos

 

Urpi Castillo López*

 

Este blog se honra en presentar un comentario sobre la obra literaria del escritor chulucanense Carlos Espinoza León, escrito por nuestra colaboradora Urpi Castillo López. (El editor)

 

No obstante la brevedad de su obra, Carlos Espinoza León (Chulucanas, 1941) se ha cons­ti­tuido en uno de los referentes literarios piuranos más destacados de las últimas décadas. Tres de sus principales re­latos: “Froilán Alama: el bandolero”, “El páramo rojo” y “El cacique blanco”, y dos con­juntos de narraciones breves: “Leyendas piuranas” y “Cuentos de Piura” han sido reu­ni­dos en un solo volumen, titulado El canto del chilalo. Leyendas y relatos (Piura: Concejo Pro­vincial de Piura / Instituto Cambio y Desarrollo, 1994).

 

Crónicas, por basarse en hechos reales, y novelas cortas, por la forma literaria y el empleo de diálogos ágiles, una estructura narrativa de párrafos breves y descripciones sucintas de los escenarios de los hechos, los relatos hacen referencia a tiempos y espacios histórico-sociales del Alto Piura desde las primeras décadas hasta mediados del siglo XX: la explo­ta­ción inmisericorde del lati­fun­dismo en “Froilán Alama: el bandolero” y “El cacique blan­co”, o el abuso y la prepotencia de ciertas autoridades policiales contra los campesinos en “Páramo rojo”. Así, pues, la violencia expuesta en los tres escritos nombrados tiene un tras­­fondo social más que individual, como veremos en los siguientes acápites.

 

Froilán Alama: el bandolero

 

Froilán Alama, un campesino nacido y criado en una hacienda de Tambogrande, se inicia en el bandolerismo como respuesta a los abusos de los que fue víc­ti­ma por parte del dueño de la hacienda, al ser injustamente acusado de robar unos tron­cos:

“… un rudo bijamazo cruzó el pecho de Froilán… –No quieres hablar, ¿no?, dijo el patrón con rabia, y diri­gién­dose a sus capataces ordenó: –Métanlo al cepo y denle duro para que aprenda a ser hon­rau… Ah, y se me larga de la hacienda (…). Se le azotó y hu­mi­lló delante de sus amigos, sin que nada puedan hacer por él” (p. 13).

 

Y luego agrega:

“… Dicen que lo vieron pasar al trote, de madrugada, con el corazón henchido de dolor, de odio, y que solo el grito agorero de las aves nocturnas hacía coro a los turbios deseos que en esos momentos cruzaban por su mente (…) –Blanco desgraciau, algún diya me las pagarás, al­gún diya” (p. 13).

Sin embargo, también registra la versión que hace de Alama la reencarnación piurana de Robin Hood, el héroe medieval que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres:

“–Sí, miamito; Froylán nunca roba ni mata a los pobres, más bien a los ricos sí… y a los ban­di­dos que abusan de los pobres y de las mujeres…” (p. 45);

 

leyenda que ha quedado grabada en el imaginario popular y ha sido tema para canciones de conocidos bardos, como el de­sa­parecido Jilguero del Huascarán y Manuel Acosta Ojeda, entre otros.

 

La novela también narra diversos hechos de sangre protagonizados por Alama en sus en­frentamientos con otros bandoleros o con las fuerzas del orden, así como anécdotas y ha­zañas amorosas.

 

Precisamente, una de estas hazañas fue la que propició su derrota, el 24 de setiembre de 1937, como narra Espinoza León, quien se basó en diversas fuentes orales y escritas para escribir esta notable historia.       

 

A diferencia del relato que acabamos de comentar, que se desarrolla sobre todo en la costa de Piura, “El cacique Blanco” y “Páramo rojo” tienen como escenario la zona andina de este departamento, concretamente el distrito de Frías, en Ayabaca, y el poblado de Pam­ba­rumbe, en la provincia de Morropón, respectivamente.

 

Páramo rojo

 

Aunque el asunto principal de este relato es el enfrentamiento armado entre un joven cam­pe­sino acusado de homicidio y un representante de la ley, también está presente el tema del abuso, esta vez por parte de la policía contra los varones jóvenes que son ‘levados’ pa­ra que vayan a realizar el Servicio Militar Obligatorio en los institutos armados del país, en­tre otras violaciones a los derechos de las personas:

“… [en la fiesta] estuvieron también los primos, los que hacía poco habían salido del Ejército en donde sirvieron tres años; fuuu, qué de cosas fierísimas contaban, atrocidades por las que habían pasado, em­pe­zan­do por la leva que hacían los policías o guardias de los puestos serranos de Pambarumbe, Chalaco y Santo Domingo (…); apoyados por el Teniente Gobernador y sus ayudantes llamados Alguaciles, portando sogas y bien armados, los arremetían a puntapiés delante de los familiares (…). Con los brazos para atrás amarraban al levado a la altura de los co­dos, y ante el llanto de la familia y la rabia de los hermanos mayores y vecinos que de lo alto observaban, a patadas los hacían avanzar, así los iban juntando de casa en casa y en fi­la india por los angostos y zigzagueantes caminos…” (p. 253).

 

Estos y muchos otros atropellos y vejámenes ocasionados por los guardias amparados en sus armas y la prepotencia contra la población campesina son narrados por el autor, como telón de fondo del escenario donde se desarrollarán los hechos sangrientos, la pelea a muerte entre Cátedro, el homicida perseguido, y el guardia Basilio, el perse­guidor, quien además era su primo.

 

El narrador no se parcializa con ninguno de los contendores, rasgo que aporta un sentido de objetividad al relato; en el que, por un lado, resalta la valentía y destreza de Cátedro, y por el otro encomia la nobleza y sentido del deber del guardia Basilio, reivindicando la imagen de su institución. De esta manera, el narrador omnisciente expone los hechos tal co­mo sucedieron, para que el lector los juzgue desde su perspectiva.

 

El relato abunda también en descripciones de los paisajes y de algunas costumbres propias de la sierra piurana, destacando la estrecha relación mágico-mítica del campesino con la tierra donde nace, vive y muere.                 

 

El cacique blanco

 

Como los textos antes comentados, este se basa también en un hecho real; esta vez se trata de la muerte del español Pelayo, administrador de la hacienda Poclús, en Frías, como con­secuencia de la acción colectiva de los arrendatarios de dicha hacienda, quienes eran víc­ti­mas de los atropellos de aquel; suceso que nos recuerda el drama Fuenteovejuna, escrito por Lope de Vega en el siglo XVII en España,  y el caso Huayanay, acontecido en Huancavelica en 1973.   

 

El gran número de atropellos descritos por el autor pueden resumirse en las reflexiones de Presentación Córdova, uno de los afectados:

“… sí, pensaba, compraré el terrenito de mi com­padre en Chalaco, sí, allí no va a ir a joder Pelayos, ese demonio de hombre nos tiene a tuel’ pueblo cansau’ con tanto abuso, cuánto ganao nos ha matao, cuántas huertas ya de co­secha nos ha hecho cortar de tajo pa’ meter sus reses a nuestras tierras, cuántas casitas que­­­madas, cuántas pucaras y pircos tumbaos por ese hombre ques’ el mismo compac­tao…” (pp. 191-192).

 

Debe consignarse también que los reclamos y denuncias de los abusos de Pelayo ante las autoridades judiciales o policiales no tenían ningún resultado fa­vo­rable para los campesi­nos, sino, al contrario, debido al poder político con que contaban los dueños de la hacienda. 

 

Ante esta situación, Espinoza León anota:

“Algunas familias decepcionadas del todo, y comprobando su miseria y desamparo por parte de las autoridades, huyeron a los Altos de Parihuanás y Quinchayo Grande a dedicarse a la crianza de ovejas, otros fueron a Jaén a buscar mejor suerte, a reunirse  con sus hermanos de penurias, víctimas también de Pela­yos…” (p. 208).

 

A continuación agrega:

“… los más valientes continuaron batallando sin resignarse a abandonar su terruño, aunque soportando el abuso constante, masticando su odio, pla­ni­ficando su venganza [las cursivas son mías], mitigando su desconsuelo en las reu­niones en donde bebían aguardiente (…) y cantando ya bien embriagados sus tristes:

Como la flor del café

Cavila mi pensamiento

No puedo vivir contento

Desde que te conocí.

Cómo no he de sufrir

Cómo no he de morir

Si me quitan lo que es mío.

Yo no quisiera vivir

Como la piedra rodando

Vacilando vacilando

Como la flor del café”.

               (pp. 208-209)

 

Por supuesto que este relato contiene también un gran número de páginas con muchas re­ferencias a las costumbres y el folclore de la zona andina piurana, particularmente de los distritos de Santo Domingo, Chalaco y Frías: el amor, las fiestas, las peleas de toros y de ga­llos, los duelos con espada o con chavetas de los lugareños, los modismos idiomáticos y algunos rasgos de la vestimenta y la gastronomía propios de dichas poblaciones, entre otros as­pectos de la cotidianidad campesina.

 

Mención especial merece, asimismo, la inclusión de un relato breve acerca de una joven maestra, que inicia su vida profesional en una escuela rural, cuyos alumnos viven en condiciones de pobreza indecible.

 

Volviendo al tema central del relato, encontramos que los arrendatarios víctimas de los abusos y atropellos del administrador de la hacienda hicieron causa común, y gracias a la orientación de un curandero de Las Huarinjas pusieron en marcha un plan para acabar con el ‘compactao’, como también lo llamaban al administrador, pues creían que tenía pacto con Satanás por su gran fuerza física y su crueldad.

 

Desde nuestro punto de vista, lo que singulariza aún más este relato es la decisión so­li­da­ria de la colectividad, que permitió acabar con la infamia que significó la existencia de un in­­­­dividuo que personificaba el orden social ignominioso del latifundismo, como lo con­fir­man los versos con los que termina el relato:

“Cuando hay voluntá se puede

Tumbar hasta las montañas

Si con honor, ay, se quiere,

Vivir todas las mañanas”.

                                                               (p. 247)

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Urpi Castillo López nació en Lima, y es hija de inmigrantes chungayenses. Tras culminar sus estudios de Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, se encuentra realizando una maestría en Antropología en la misma universidad. [Nota del editor: 'Urpi' significa 'paloma' en quechua]  

 

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