Pedro Urdemales y la 'ollita hervidora'
PEDRO URDEMALES
La ollita de virtud
Vagando
por esos mundos, a Pedro Urdemales le llegó la hora del mediodía. Encendió un
pequeño fuego entre unas piedras, y puso a calentar una ollita con su modesto
almuerzo. Cuando éste hervía que daba gusto, vio a la distancia venir a un
jinete.
Pronto
reconoció en él a un señor famoso en la comarca por lo avaro y negociante. Tapó
con tierra el fuego, y se trasladó con su ollita junto al camino, dando la
espalda al jinete, como si no lo hubiera visto, tomó dos varillas y se puso a
tamborilear sobre la tapa, repitiendo: Hierve,
hierve, ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora...
Muy
intrigado, el jinete se detuvo a contemplar la extraña operación.
—¿Qué
haces, buen hombre?
—Lo que usted ve, patrón: cocer mi comida.
Sospechando
que se tratara de un vagabundo chiflado, comentó:
—Y,
¿no crees que sería bueno prenderle fuego primero?
—No
se preocupe patrón, que esta ollita es de virtud, y basta con pedirle, golpeándola
con mucho cariño: Hierve, hierve, ollita hervidora, que no es para mañana,
sino para ahora...
A
todo esto el jinete ya había echado pie a tierra y estaba junto a la olla. Al
destaparla, incrédulo todavía, se quemó los dedos. Tentado por la avaricia,
pensó que sería un desperdicio dejar tamaño milagro en manos de un vagabundo.
—Mira,
hombre —dijo con aire compasivo—, no tienes para qué sacrificarte preparando tu
comida. Yo te compraré la olla y podrás comer bien por mucho tiempo.
—¡Ni
pensarlo! —respondió Urdemales, sentándose a comer; mire que ésta ollita me
alimenta donde sea, sin trabajo de acarrear leña ni encender fuego.
El
jinete pensó entonces que le resultaría ideal para sus largos viajes de negocios,
y metiéndose la mano al bolsillo le ofreció un billete de los grandes.
—Ni
nunca, patroncito —dijo Pedro, meneando la cabeza.
Sin
decir nada, el jinete mostró un segundo billete. También en silencio, Pedro
meneó la cabeza. El jinete agregó otro billete y Pedro volvió a menear la
cabeza. El avaro montó a caballo, simulando que partía, pero antes mostró un
billete más.
—Tal
vez con otro me tentaría —exclamó Urdemales, haciéndose el distraído.
El
jinete agregó otro billete y, mientras Pedro guardaba el dinero, metió la olla
a las prevenciones y partió al galope, sin despedirse, temeroso de que el
«inocente» vendedor se arrepintiera de desprenderse de una olla tan prodigiosa.
Pero
el arrepentido fue él, cuando al llegar a casa quiso mostrar a todos los
presentes las bondades de su ollita de virtud comprada tan barata. Y dicen que
estuvo largo rato azotando la viejísima cacerola de Pedro: Hierve, hierve,
ollita hervidora, que no es para mañana, sino para ahora...
Pero
ni ahora ni mañana ni nunca, porque la verdadera magia de la ollita fue darle a
Pedro Urdemales el dinero suficiente para tener comida caliente varios días. Y
hasta un par de zapatos usados se compró para seguir sus incansables andanzas
por esos mundos.

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