Bandoleros piuranos
EL BANDOLERISMO EN PIURA
Raúl Estuardo Cornejo
Si Piura fue, y aún lo es, tierra de
labradores honrados y sencillos, también lo fue de hombres marginales,
depredadores y asesinos. La delincuencia campeó desde la Colonia y los albores
de la República en todo el país y Piura no se sustrajo a sufrir las embestidas
de esos hombres sin ley. Individualmente o en bandas, sembraron de terror poblaciones
enteras, sin que la autoridad fuera suficiente para detenerlos, pese a su indesmallable
y dura represión.
El bandolerismo es un
viejo problema cuya etiología responde esencialmente a la injusticia
social –en tiempos pasados mayormente a la agraria– la pobreza, la explotación,
el abuso, la desocupación y la ignorancia. Además, la corrupción política, judicial
y eclesial; la ausencia de caminos y comunicaciones; y la no presencia tuitiva
y contralora del Estado.
La Piura del siglo XIX
tuvo una injusta estructura social y económica clasista, de dominación, que
incubó el bandolerismo, y participó de la efervescencia política del país en
forma de “revolucionarios”, “montoneros”, “rebeldes” y “patriotas”. Esto fue
el caldo de cultivo para aquellos antisociales –en mar revuelto, ganancia de
pescadores– que aprovecharon el desorden y el caos para realizar sus
fechorías y en veces favorecerse al ser integrados a ejércitos irregulares, lo
que les daba perdón, legalidad y licencia para matar. En las ciudades, aldeas,
villorrios de Piura, y particularmente en las haciendas, despoblados y caminos,
cundieron estos marginales dedicados al hurto, robo, abigeato, violaciones y
crímenes. La gendarmería, primero, y la Guardia Civil después (1929) libraron
larga contienda hasta que la modalidad de este delito fuera sucumbiendo gracias
también a un nuevo orden, progreso, buenos caminos, locomoción vehicular y
sobre todo a alguna leve mejora de los salarios agrarios y de la educación.
De toda suerte la
historia del bandolerismo en Piura es larga y su heurística está en los archivos
policiales y judiciales, crónicas periodísticas especialmente de la época, en
los testimonios de autoridades y policías sobrevivientes; en artículos,
folletos y libros. El territorio de Piura, en el período del bandolerismo, es
ancho, hostil, desolado y a menudo inclemente. Una región de más de
treintaiséis mil kilómetros cuadrados, que bien podría haber sido y ser un
país, un Estado y desde luego una nación por su enormidad. Hoy su territorio no
es igual en topografía, flora y población al de fines del siglo XIX, donde
campeaba parte del bandolerismo que nos ocupa, ya que entonces, en los escasos
valles de su zona baja existía el latifundismo como régimen agrario imperante,
con su secuela la explotación campesina, y grandes áreas eriazas, despobladas
y montunas. En la sierra era casi igual, disimulado aquello por una geografía
eternamente cerril, donde el latifundio decrece pero la expoliación y despoblación
aumentan. Piura era así un territorio arisco en su parte baja donde un desierto
–el de Sechura– se traga un tercio de la superficie del departamento y el resto
lo completan otros pequeños desiertos o campos montuosos, que los piuranos denominamos
despoblados, potreros, faicales, invernas, cañaverales. Era el tiempo de los
caminos de herradura, de los arrieros honrados o de los contrabandistas de
sal, aguardiente y tabaco; de los hacendados de horca, cuchillo y cepo cuyas
mujeres vestían trajes parisinos; de las montoneras reclutadas de las cárceles
y echadas como mastines a favor de un cacique político; y de los chacareros
que a falta de trabajo, agua o tierras se vuelven abigeos para encarar la
subsistencia personal o familiar.
También eran los tiempos
del prefecto, subprefecto, gamonal, juez, tinterillo y curas corruptos, la
trinidad embrutecedora ampliada de que habló González Prada. De la gendarmería,
primero, y de la policía después, al servicio de los poderosos y de un Estado
despreocupado de educar, culturizar y orientar a un proletariado ignaro, analfabeto,
incivil, huérfano de valores, ayuno de pensamientos superiores y sobre todo miserables.
En este suelo no podían
brotar sino las flores del mal, consecuencia inconcusa de un estado social
intolerable, que necesariamente debía conducir a la rebeldía y al delito en sus
formas variadas, enmarcadas casi todas ellas en los grados de la criminalidad. En
este aspecto el bandolerismo piurano reúne casi todas las causas generales enumeradas
en el capítulo anterior, esto es; la económica, la de la desigualdad, la derivada
de la situación laboral, con frecuencia expoliadora; la injusticia del poder jurisdiccional,
la inconsistencia familiar, el abuso político, gendarmero o policial, el analfabetismo,
la ausencia de la educación, la pauperización del campo y la no existencia de
valores cívicos y personales; la carencia de buenos caminos y la no presencia
tuitiva del Estado.
Corresponde a don Enrique
López Albújar (1972-1966) –el estudioso más conspicuo del bandolerismo
peruano y piurano – los juicios que siguen, extraídos de su libro Los caballeros del delito (Lima, 1936).
El bandolerismo piurano: “El
bandolerismo es una fuerza organizada y el bandolero, como el algarrobo, un
producto silvestre” […]. “El salteo es obra de todos los días; un salteo brutal,
estúpido, poquitero y casi siempre sanguinario. Sólo o en cuadrilla, el
forajido arremete contra todo lo que puede satisfacer su codicia…” […]. “A
causa de este bandolerismo, la estadística criminal de las provincias
costeñas del departamento de Piura se cierra anualmente con un porcentaje
aterrador de latrocinios y delitos de sangre, sin esperanza de disolución.
Mucho se hecho por eliminarlo. Bandos, decretos, fusilamientos clandestinos, látigos,
cepos, torturas, batidas organizadas por el gamonalismo o la autoridad
política; cuanta medida ha sugerido el temor público o alarma social, ha
sido empleada contra él inútilmente. Los perseguidores han acabado por cansarse
y ceder… […]. El bandolerismo piurano es astuto y audaz y, más que en el ataque,
lo es en la defensa” […]. “La mula, el caballo y el burro son los mejores
mantenedores del bandolerismo, los cómplices de este estado de perpetua
guerra entre el que trafica por los caminos y el que quiere vivir de ese tráfico”.
[…]. “También influye en la existencia del bandolerismo el terreno en que éste trabaja
[…] el terreno es vasto y montuoso, y se encuentra en gran parte favorecido por
los tembladeros y pantanos, y lo que es peor, por la taimada arena…” […]. “El
bandolerismo del departamento no es piurano netamente; es de todos sus
pueblos y regiones, pero no de su capital. El piurano desde este punto de
vista, no es aventurero, ni sus instintos, ni sus pasiones, ni su pobreza le
arrastra por este camino. Es más bien hombre de ciudad, de hogar, de labor casera
o fabril, pacienzudo y de poca aspiración”.
Sobre la desaparición del
bandolerismo piurano opina: “En nuestro concepto, la extinción del bandolerismo
no es obra solamente de disposiciones más o menos acertadas; de la autoridad
política, ni de la rigidez de la justicia, ni de simples medidas de los poderes
públicos. Es obra de todos y de cada uno; del capitalista, del hacendado, del campesino,
de la autoridad judicial y de la política, del maestro y del hogar. Y especialmente
de los buenos caminos. Lo que equivale a decir que no es obra de un día, ni
de un gobierno”.
Son conclusiones de López
Albújar: 1) El delito “es producto social (y) su comisión depende de muchas causas,
algunas de estas extrañas a la voluntad del hombre”. 2) Rechaza la tentación
de las causas únicas. 3) Explica el delito, a más de la propensión por; a) la
explotación del campesinado; b) el latifundismo; c) la dificultad de la
posesión de la tierra. Así el bandolerismo “es una especie de desgaste del
labriego, una compensación de todas las extorsiones que sufre desde que se
inicia en el cultivo de la tierra hasta que muere”.
En las características
del bandolerismo piurano hay diferencias notables con las de otros departamentos
y hasta entre sus mismas provincias. El bandolero lugareño no siempre actúa en
banda, es decir en compaternidad con otros: hay muchos de acción individual. Su
actitud violentista no es habitualmente tan cruel ni sanguinaria; no quiebra la
ley por el puro gusto de quebrarla, ni protesta estruendosamente sino
calladamente porque su oficio le impele a ello. Siente más bien extraño respeto
por el patrón y sólo lo pierde cuando su vida ante este peligra. No tiene
claros ni apasionados ideales políticos y sus fronteras únicamente se dan entre
“los blancos” (ricos) y los pobres (campesinos). A los primeros más que odio,
teme; y a los segundos, más que ama, compadece.
Tampoco tiene muchos
afanes de igualar a los patrones e injertarse en su status social, por lo
imposible que esto sería, sino de vivir apartados de ellos pero sin el aguijón crepitante
de la pobreza. Mas como no hay otra manera de aniquilar a esta, aniquilan los obstáculos
que se presentan llámense: mayordomos, caporales, gendarmes, policías. Puede
decirse que nuestros rapantes no tienden a convertirse en lo que Eric Hobsbawm
configuró como “bandoleros sociales”, porque el carácter agrario del bandolero
piurano se enraíza más en el pacifismo que en la perversidad, en la huida de los
enemigos de su clase, que en un estado de beligerancia sangrienta y
permanente, de odios irreconciliables.
Claro que, perseguidos,
hostilizados y arrinconados por la gendarmería, primero, y la Guardia Civil
después, se tornan apanterados y el instinto de conservación los lleva a la confrontación
y de allí al crimen. De modo que este carácter social o esa psicología de bandido
épico, romántico o mítico, más que dárselo él mismo, se lo da la leyenda,
sobre la base de una personalidad preexistente. Dicho de otro modo el piurano
en general, como valiente, es proclive a la gesta, pero también al escape
burlón y a la brujería que le obsequian el otro halo de su fama. No en vano
Jorge Basadre escribió alguna vez que Piura era “tierra de hombres bravos y
patriotas” y, nosotros añadimos que de brujos, pues bien se sabe que Piura era
y es sede de la Universidad de las Guaringas, la más afanada escuela superior
de la magia y el hechizo en el Perú, donde los bandoleros eran los primeros
alumnos.
Por varias fuentes
encontramos que el bandolerismo piurano tiene características diferentes al
interior del mismo, es decir, en cada provincia. De modo general, nuestros golfines
son salteadores simples, en cuanto a que no usan métodos refinados, pocos son crueles,
salvo los de las serranías, que gozan con la sangre y el dolor. El piurano costeño
no es un Atila que allana ni reduce a cenizas de “manatural” (mal-natural),
como tampoco permanente estuprador. El de la provincia del Piura es
indócil, angurriento, indisciplinado y trashumante, si bien zorrón y
arrojado, como de menor cuantía en el momento de sus lances.
Más bien los bandoleros
de Morropón sí eran organizados, farreros, dispendiosos y cantores (cumananeros),
por lo que sus ideales se colmaban en las chicherías, donde se embriagaban a
golpe de arpa o pianito o guitarra para gastar todo “el medio” que le quedaba
de sus ilícitas andanzas. Particularmente en las fiestas de Todos los Santos,
de la Natividad y de la Virgen del Carmen, donde la borrachera, la pelea y el
estupro, se posesionaba del cerro Pilán y la Piedra Blanca –sus cuarteles
generales– y de allí se diseminaba por haciendas, caseríos y pueblos: Bigote,
La Matanza, Carrasquillo, Ñaupe, Pabur, Cruz de Caña, Chulucanas, Campanas,
Yapatera, Palo Blanco, Sáncor, Malingas, Tambogande, etc., hasta llegar a veces
a los límites e interior del Ecuador, de donde regresaban después de negociar
con sus pares machaleños, lojeños y cariamangueños.
En Sechura casi no había
bandolerismo lugareño, salvo el forastero que llegaba hasta allí. El sechurano
era más bien contrabandista de sal, de vuelo internacional, pues con sus piaras
llegaba hasta Ecuador y Colombia. Fue antes bien víctima de los caballistas
piuranos, morropanos, sullaneros y ayabaquinos, que lo asaltaban en los caminos
hacia el norte donde llevaba su mercancía.
El bandolero sullanero sí
fue asesino y villano de rango. Dueño y señor de caminos, operaba en casi
todo el litoral hasta el Ecuador, donde formaba bandas con delincuentes nacionales
y extranjeros, para volver asaltando haciendas, pueblos, majadas y viandantes.
Abigeo por tradición, robaba ganado en el Perú para venderlo en el Ecuador y
viceversa. Despierto y audaz no era fácil para el apresamiento sobre todo por
el ancho territorio en que se desplazaba.
Los bandoleros de Paita
un poco que se confundían con los sullaneros, piuranos y tumbesinos. Formaban
bandas heterogéneas y operaban en distritos del litoral, además de Paita mismo,
participando de las características generales. Los que sí se erigían como particularmente
feroces eran los bandoleros de las provincias serranas, mayormente los ayabaquinos,
más que los huancabambinos, de escasa cantidad, salvo en crímenes pasionales.
Los bandoleros de las
serranías tienen cualidades étnicas singulares como la mayoría de su población.
Son blancos, rubiones, productos de algún enclave godo y con rasgos muy parecidos
a la gente serrana del Ecuador, con quienes tiene fuerte vinculación. Agricultores
aparentemente pacíficos, dejaban frecuentemente la azada y el arado y se desbarrancaban
por la vía del delito, mayormente para escapar de alguna muerte pasional, y los
menos, por el abigeato. Tenían sangre de guerreros: altamente belicosos,
susceptibles, egoístas ante el amor como el que más y dispuestos a vender cara
una ofensa. Bebían cañazo, “primera” -el primer destilado de la caña-, y otros
mallorca sullanera, lo que los inducía a coger la guitarra para lanzar
pasillos, tristes y cumananas de profundo sentimentalismo, que los llevaba
a la susceptibilidad exacerbada o al recuerdo doloroso de una injuria. Entonces
se envolvían en sus ponchos granates, debajo de los cuales estaba un enorme machete
–“el garantizado” – y lanzando un aquilesco grito, como el mugido de un toro,
se despeñaban quebrada abajo pidiendo un contendor. No faltaba pronto otro
valiente que a cada uno de aquéllos les respondiera el reto y bajase tras de
él para pisarle el poncho. Encontrados los dos en este trance, se cruzaban
los machetes, mordiendo, hincando, tasajeando, traspasando vísceras y corazones,
del modo más salvaje. Cuando esto ocurría el vencedor se deba a la fuga enrolándose
en las filas de los réprobos o constituyendo o jefaturando una nueva banda.
Así encontramos que en la
provincia de Piura hay una primera generación de bandidos que aparece a finales
del siglo XIX, coincidentemente con los enfrentamientos de Miguel Iglesias y Andrés
Avelino Cáceres en 1891 y de Nicolás de Piérola y Cáceres entre 1894 y 1895.
Entre estos están el “Rey del Monte Norteño”, el gran Sambambé, de nombre verdadero
Juan de Mata Martínez, nacido según López Albújar en Lambayeque y según otros
en el valle de Yapatera. Mulato ceremonioso y educado, que robaba con cortesía,
al modo del español Perot Roca Guinarda, imponía cupos bajo la forma de “empréstitos”
y dirigía organizada banda de salteadores, en veces al servicio de políticos.
Hombres de su banda eran
el Negro Ñoro, el negro Peña, Lindo (el de El Arenal), Sancarranco y el
tenebroso Vida Mía, su asesino. Igualmente pululaba en Piura Fiñico, venido de
Lambayeque, integrante de la banda de Fantomas, otro gran angelito y compinche
del Negro Lindo, el Zambo Morales, Fiñico murió en una majada de Ñaupe (Querpin)
bajo el rifle del sargento Mayor Ugarte, del Escuadrón Escolta.
Juan Palomo era el
apelativo bandoleril de un bandolero de Querecotillo, residente en Lima y caído
de impromtu en Piura. Se decía que era hijo de un general prócer, piurano,
ladrón urbano y de caminos que manejaba bien sus uñas largas en el robo como en
la guitarra. Pero el investigador César Espinoza Claudio no acepta esa
genealogía paternal y más bien dice que se llamó José Gallo Zapata y era un
labriego de Querecotillo. Para nosotros, como lo fundamento y detallo en otro
trabajo, sí pudo ser un hijo de juventud del general José María Raigada Gallo
(1795-1859), prócer independentista.
Otro malandrín,
disputado, como Homero, por dos naciones que alegan para si su oriundez (Perú y
Ecuador) es Ernesto o José Antonio o Manuel Antonio Figueroa, alias Pajarito,
hombre minúsculo de talla pero con genio de perro de guardia, fue secuaz de
Sambambé y montonero después. Murió en la hacienda Pabur, en una balacera.
Vida Mía, apodado El
Chacal, también de la collera de Sambambé era un desecho moral: asesinó a su
jefe, y con la misma vara lo midieron poco después en Pabur.
Toribio Palma era de
Serén, de la pandilla de Pancho Lloro, el Ñato Montero, el yapaterino Zócala y
Luis Juárez. Atracador brutal, fue muerto entre Palo Blanco y Chapica. El Pato,
oriundo de Catacaos, un mataporgusto, desde Ñaupe al Ecuador, hasta sucumbir
victimado por dos hombres de la sierra en el sitio de Vicús. Teodoro Vásquez,
también de la jacarandina de Sambambé, se asentó entre Piura y Tumbes, hasta
caer en algún solitario camino con su propio evangelio.
Estos bandoleros y otros
más, como nos cuenta López Albújar, se refugiaban en Tacalá, el barrio de la
margen izquierda del río Piura y asolaban la ciudad, los alrededores y más
allá, hasta que pasase el recuerdo de sus fechorías. Asaltantes más o menos
baratos, la mayoría; menos atigrados que los de la sierra, tenían la atenuante de
no ser tan sanguinarios como sus colegas de la sierra, tal vez porque el santo
al que se encomendaban lo evitaba.
La segunda generación de
estos bandoleros se va a dar alrededor de los años 20, en el siglo XX,
asentados mayormente en la calle Refugio de Tacalá, y los provenientes de la
mangachería o la gallinacera, los dos barrios del bajo pueblo piurano.
Bandoleros estos menos notables que los anteriores radicados en radios
urbanos, circunvecinos a la capital de la provincia.
De tales bandoleros de la
segunda generación, que pululaban alrededor de la década del 20, en la
provincia de Piura, en que alguno no eran estrictamente bandoleros sino mas
bien rateros solitarios, afincados en la mangachería, están el célebre Amaro Cobeñas,
de Monte Redondo, valle de Catacaos, que operaba con su hijo Juan; Juan José
de la Rosa Chero, de Monte Suyón; Juan Zapata, “el plateado” y José Manuel Martínez,
de Vichayal, que asaltaban el portachuelo de Negritos, habiendo tomado incluso
el pueblo de Colán; y como bribón solitario Agustín Robeco, nacido según
unos en el Callao y otros en Colombia, hombre para el que no había cárcel
segura pues de todas se fugaba; y dos también famosos: Juan Rabón y Darío
Inga, abigeos, especialmente de cabras, vecinos de la mangachería.
Los bandoleros de la
provincia de Morropón –no nacidos sino actuantes– son tantos, que faltarían
páginas para nombrarlos y reseñar sus exquisiteces. Es la provincia que acaso
más salteadores produjo, seguida por la de Sullana. Cuando decimos Morropón,
estamos hablando de sus distritos: Chulucanas, Santo Domingo, Santa Catalina
de Mosa, La Matanza, Bigote, Campanas, Yapatera, Sáncor, Malingas, Sol Sol, entre
las más importantes. Sobre todo Yapatera, a la que López Albújar llama la Universidad
del delito.
El Borrao Lindo era un
negro feo, fiero, con cara agujereada por la viruela, a quien también decían
Cara de Panal. De trabajador de la hacienda San Martín se asoció con la banda
de Abraham Cuestas, el ecuatoriano, cometiendo tropelía y media, incluyendo un
famoso robo en la hacienda Bigote. Se enroló hacia 1894 en la montonera de
Fernando Seminario, lo que lo salvó de muchas, hasta perecer asesinado en el
Ecuador. El Negro Arce, un carate gigantón, ratero de cabras y homicida de un
campesino de Campanas, integrado también a la montonera de Teodoro
Seminario, hasta ser muerto en el Bajo Piura (Cruz Verde). La Rosa Palma, zamba
marimacha de Serén, fue asaltante prominente en el cerro Pilán, acompañada de
su tocaya Rosa Ruidías y unos parientes, para terminar de criadora de cabras en
Cruz de Caña según unos, o de mujer del mentado bandolero Diente de oro en
Pelingará. La Rosa Ruidías fue lugarteniente de la anterior y, suelta de esta
se dedicó a apañar bandoleros o a participar en sus bandas.
La segunda generación,
que concluye mezclándose con una tercera y perviva hasta 1936, es más rica en
nombres como en malas acciones. Encarna el período que va del cenit del bandolerismo
a su decadencia. Aquí aparecen bandoleros de la talla de Presente More, Pedro
Nima, Tomás Frías alias El Moro, Octavio Crisanto alias El Gringo, José
Cipriano Valle u Ovalle, alias Toro Mazote; Hortensio Símbala, El Cojo Plata, Ántero
Burga alias Mister Caca, El cojo Palacios, Emilio Duque alias El Mote, José
Sebastián Zapata, Joaquín Chunga, Miguel Alvarado Orozco, José Castillo
Cobeñas, Baldomero Castillo Pasapera, José Meca Córdova, Miguel Aguilar,
Antonio Silva, Cruz More Yovera, Froilán Rentaría, José Santos Sandoval, José
Mogollón López, Isabel Valencia, Manuel Otero Castillo, Juan Encalada, José
Hernández García alias Matute, Carlos Valdivieso Castillo alias Pava Blanca y
Juan Espinoza alias Pisa Candela.
También otros que se
conocen sólo por el alias: El Gato, El tigrillo, Barbas de oro, Diente de Oro,
El Melones, El Chilalo, Manteca, y muchos otros. Pero el más memorable de todos
fue sin duda Froilán Alama, “el de la corta vida y el de larga fama”.
De los bandoleros que
actuaron en la zona del Bajo Piura (Sechura) apenas si se recuerda, en la
primera generación, a Camarón y a Ñaña, y a algún ladrón más ocasional pero
famoso como el ecuatoriano Quiles (Aquiles), que robo sacrílegamente en la
iglesia local una alforja llena de milagrería de los santos, hiriendo al
Prioste Pedro Ramírez. Camarón el homosexual y sangriento asesino de la zona
de Piura que se desplazaba hasta aquí, siendo muerto en La Arena por los
habitantes de la aldea. Pero los verdaderos bandoleros de Sechura se dieron en
la Colonia e inicios de la República y fueron los piratas y corsarios, especialmente
Edward Davis, (1685), quien en más de una oportunidad saqueó la rica iglesia
“quedando tan sólo los muros”, según la queja que hizo a la Reina de España don
Francisco Llorente de Grijalva, cura de la Iglesia.
De los bandoleros de
Ayabaca, se hizo ya referencia, en otro apartado, a Laureano Martínez [Ramírez], quien encabezó el asesinato
de Manuel María Castro en la hacienda Poclús, el episodio más trascendente del
bandolerismo ayabaquino. Junto a él actuaron gente de segunda como Genaro
Chumacero, Manuel Berrú, un tal Romero y el más feroz de todos ellos: Carmen
Domador. Se cita en esta primera generación a Laureano Martínez [Ramírez] José Manuel Martínez, Manual
Amaningo Rivera y a otros de apellido Merino, Flores, Cevallos, Córdova. En la
segunda generación aparecen también nombres como el de Eduardo Raymundo
Domínguez, Cátedro Ramírez, Artemio López, un tal Calle y un tal Juan
Domínguez, protagonistas de hechos de sangre.
Bandoleros de la primera
generación de Sullana son Fabricio Cisneros, viejo antisocial, homicida y
ladrón, fusilado en Paita. Un tal Sancarranco, que operaba en todo el litoral,
hasta el Ecuador, por el sector de La Solana. Y en la segunda generación Bibiano
Chiroque, apodado Sullana, justamente por ser del lugar. Este largo de uñas
fue muerto por el famoso comisario de Tambogrande, alférez José María Marigorda,
implacable cazador de hampones. El cojo Palacios, igualmente muerto por
Marigorda, se destacó por ser malo y pendenciero si bien valiente en la pelea,
como que cubría la retirada a los hombres de su banda. Un disparo en la
pierna dio origen a su apelativo. Dícese que tenía amistad y aprecio por
Froilán Alama. Fue compinche del bandolero Ferro.
En el bandolerismo de
Paita actúan apaches que hemos visto en otros escenarios, como el gran
Sambambé, Manuel Guevara alias Negro Ñoro, un cutato que vendía carne en el mercado,
es decir un carnicero por todos los costados, abigeo y forajido. También otro
colombroño; el Negro Lindo, espantoso espécimen natural de El Arenal y
finalmente Pichón Guevara, entre otros de la primera generación. De la
segunda generación vienen al puerto unos que ya oímos en otras provincias,
como Bibiano Chiroque, Segundo Villa (descendiente de otro anterior: Isaías
Villa) y bandoleros ecuatorianos de residencia temporal, que se refugiaban
como fugitivos, entre ellos el renombrado salteador ecuatoriano Naún Briones,
alias en Mono Briones.
Aunque no corresponden estrictamente
a Piura, bueno es de anotar que, debido a la cercanía, en territorio tallán,
también se desplazan destripadores de Tumbes y entre la primera generación
de éstos están los de dos conocidas familias: los Zurriaga y los Alvarez. Y hasta
una tercera: los Villa, de los cuales el cabecilla es Isaías Villa. También el
renombrado Antonio Durán y José Evaristo, más conocido con su alias de
Chepe.
Este es, en síntesis, el
mapa bandoleril del departamento de Piura. Al final del libro hay un esbozo
de sinopsis alamista que reúne la focalización y en veces el desplazamiento de
los bandoleros de ambas generaciones. No son todos los que están ni están todos
los que son, pero puede ser un modesto punto de partida para formar más tarde
un mapa del bandolerismo piurano.
Concluimos señalando las
más importantes bandas organizadas en el departamento de Piura, entre fines del
s. XIX y comienzos del XX, son las siguientes:
¾
Banda “Los Angelitos”, cuyo jefe es el
bandolero lambayecano Víctor Espinoza (a) el León peruano. La integran sus
paisanos Aurelio Sumárraga, Señorote, Cancha, el Pistolero y Guanilo.
¾
Toribio Palma jefatura a El Ñato Montero,
Pancho Llollo, Luis Juarez, Zenón Juárez y X. Zócala, de Yapatera.
¾
El bandolero Zarón forma banda con Juan
Manuel Cisneros y Alfredo Vilela.
¾
“Carcoma” (Eusebio Núnjar) es el jefe de
Manuel Márquez alias Rapaz, Matute y Pisa Candela.
¾
Diente de Bronce, alias de Joaquín Chunga
Zapata, era el jefe de dos bandas compuestas así; primera banda: Octavio
Crisanto (a) Gringo, Manuel Otero, Santiago Gallo y el Manco Varillas. La segunda
banda: Juan Encalada Navarro, Asunción Naquiche Castro, Juan José Yovera
Aquino, Miguel Sernaqué Cobeñas, César Yovera Ramos (a) Cachaco, Manuel
Castillo Ramos, Benedo Sernaqué Cobeñas, José Sernaqué (a) El Pato.
¾
Matute, alias de José Hernández García,
era el jefe de la bando integrada por Pisa Candela (Juan Espinoza) y Tomás
Gallardo, alias Melones.
¾
El bandolero ayabaquino Adriano Ramaycuna
Domínguez fue jefe de Telmo López Berrú y de Efraín Aguilar Salvador.
¾
Froilán Alama tuvo más de tres bandas,
pero se han individualizado las siguientes: 1° banda: Sebastián Zapata, Carlos
Valdivieso Castillo alias Pava blanca, Gervasio Ramos, Pedro Nima, el gato
Pérez, Risitas y otros 2° banda: Tomás Frías, alias el Moro, Joaquín Chunga
Zapata alias Diente de bronce, José Valle u Ovalle alias Toro Mazote; el bandolero
Chamisas, José Hernández García alias Matute. 3° banda: Miguel Alvarado
Orozco, Baldomero Castillo Pasapera, José Castillo Cobeñas, José Meca Córdova,
Antonio Silva.
¾
El bandolero Tomás Frías García (a) El
Moro fue jefe de las bandas integradas por: 1° banda: Froilán Rentaría (a)
Quitasueño, el Gringo, el Tigrillo, Tomás Gallardo (a) El Melones, el Mocho,
Eusebio Núnjar alias Carcoma, José Hernández García alias Matute. 2° banda:
Eusebio Núnjar (a) Carcoma; Manuel Márquez (a) Rapaz, Santos Pasache Suárez
(a) Quinde, Hortensio Adanaqué, Pedro Viera y otros.
¾
El bandolero Presente More jefatura una
banda con el Cojo Plata y el bandolero Ferro.
Fuente:
Internet
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