Recuerdos escolares de Chungayo

 





Recuerdos escolares de Chungayo

 

SAÚL CASTILLO PEÑA

 

 

Añísimos hace cuando quien esto escribe iba a la escuela, a aprender a leer y escribir. Eran los tres últimos años de la década de los cincuenta. Entonces en Chungayo había una escuela de varones y otra de mujeres, que quedaban casi frente a frente, en el mismo caserío. La escuela de varones estaba a cargo del maestro Telésforo Fuentes, de Pambarumbe; y la de mujeres de la maestra Victoria Jiménez, de Yamango.

 

En ambas se estudiaba transición, primero y segundo año. En transición se aprendía sobre todo a escribir y leer las vocales, para luego ir avanzando con las sílabas: ma, me, mi, mo, mu; mi ma má me mi ma; …,  y nos daban un librito que se titulaba Lola y Pepe, que eran dos hermanitos a quienes siempre acompañaba su perrito Leal. Además del mencionado librito, en ese año solo se usaba cuaderno, lápiz de carbón y borrador. 

 

En el primer año ya se empezaba a leer y escribir de corrido, para ello se nos entregaba el librito titulado Jorge y Beatriz. Había también otro libro, que se titulaba Carlos y Lucila, sobre el cual mis recuerdos son un tanto borrosos. Para entonces ya llevábamos un morral de tela, con dos o más cuadernos, porque ya teníamos que aprender a sumar y restar, y seguramente algún otro curso. Asimismo, para escribir usábamos una pluma como la que aparece en la foto, y un pomo de tinta carter, que se colocaba en un hoyito hecho a propósito en la parte superior derecha de la carpeta. Recuerdo que ya en el segundo año mi primo Luis Alberto echaba prosa con la pluma fuente que uno de sus hermanos le había llevado de Lima.

 


                        

 

Las clases eran de lunes a sábado al mediodía, desde las ocho hasta las cuatro de la tarde. A media mañana había media hora de recreo, y en la hora del almuerzo el recreo era de una hora, más o menos. Ahí los niños nos juntábamos a jugar según las edades; así, los más pequeños jugaban a las escondidas o a la “burra” (así se llamaba el juego que consistía en que varios niños trataban de no dejarse tocar por “el que la llevaba”). Los niños intermedios jugaban con checos o con bolichas; también al trompo o a la perinola. Y los mayorcitos generalmente jugaban al fútbol, con pelotas grandes de jebe. Por su parte, las niñas jugaban a la gallina ciega, a saltar la soga, con los yaces o al vólibol.

 

Es la hora de almorzar. Y ahí vamos por nuestras alforjas donde están los fiambres que nuestras mamás nos han preparado, los cuales podían consistir en tortillas asadas de maíz, tamales de choclo o sango con queso y su botellita de café, de lanche, de agua de culén o de toronjil, o de hoja de naranjo; claro que para que el líquido no se derrame las señoras tapaban bien las botellas con un pedazo de tusa envuelta con jarapa.

 

Rememoro con mucho cariño al maestro Telésforo, un señor bonachón, de más o menos cuarenta años y algo corpulento; él venía a Chungayo los lunes en la mañana, y regresaba a Pambarumbe, donde su familia, los sábados, después de mediodía.

 

¡Cuánto tiempo ha pasado!, ¿no? Tal vez los condiscípulos de aquellos años tengan otros recuerdos de esa época, que sería bueno que los compartan; pues, como dice el dicho, recordarlos es volver a vivirlos.

 

Comentarios

  1. Que buena memoria, del churre Saul, se le suplica que siga narrando con más frecuencia. Gracias por anticipado.

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