Mi casa de Chungayo

 

MI CASA DE CHUNGAYO


Saúl Castillo Peña

 

Ahí, en esa loma está la que fue mi casa, con su techo de tejas de color rojo oscuro; las paredes de adobe, enlucidas con la mezcla de estiércol y arena. La fachada mirando al este, por donde sale el sol; y la puerta de atrás hacia el oeste, por donde el astro rey se retira a descansar, detrás del Moleján.

 

Ahí está la pampa, y rodeando la casa los frondosos huabos (machetones, de castilla y de zorro), los guayabos, los lúcumos, los chirimoyos, los paltos, los naranjos, los papayos, los cafetales…, y más abajo la tupida huerta donde se encuentran los guineos en sus distintas variedades; las plantas de caña, de piña, de lanche y de guayaba poma…; más allá los sembríos de yuca, de arvejas y frejoles.

 

He llegado a la casa, y en la pampa me reciben unos insistentes ladridos y enseguida doña Filomena García sale de la casa inquieta por saber por qué ladra tanto el perrito, y al verme lo reprende:

-    ¡Shote, Respeto, deja de ladrarle al señor!

 

Nos saludamos afectuosamente. Ella y su esposo, Isidoro López, son los nuevos dueños de la casa y de los terrenos aledaños, herencia que nos habían dejado nuestros padres y que se los vendimos a ellos porque el autor de estas líneas y sus hermanos ya no podían cultivarlos.

 

-    ­­­­Pase, pase, don Saúl. A los años que se deja ver por aquí.

-    Así es, doña Filomena. Viniendo a visitar el terruño.

 

Nos sentamos en el poyo del corredor y ella me comenta que Isidoro se encuentra barbechando el terreno de El Faique para la próxima siembra de maíz. Asimismo, me cuenta que tienen tres hijos: Elenita, que es la mayor y que si Dios quiere este año termina la secundaria en el San Juan, y dos varoncitos: Hernán, que estudia en el Agropecuario, y Panchito, el menorcito, que está en la escuela todavía.

 

En el corredor todavía se ven los viejos horcones, donde a veces en uno de estos mi madre colocaba sus tacarpos, sus caiguas y otros implementos para tejer los ponchos, las jergas o las mantas; mientras en el otro mi padre acomodaba la cabuya para torcer las sogas. Es el mismo poyo donde yo de niño me sentaba a ver cómo llovía o donde después del trabajo en los cultivos mi padre y sus amigos conversaban sobre los temas cotidianos mientras disfrutaban sus cigarros Nacional.

 

Le conté que ya me había jubilado y sobre algunos otros aspectos personales; en eso llegó Panchito, nos saludamos y doña Filomena lo mandó a avisarle a Isidoro que había llegado una visita y que no se olvide de traer el recado para el repe.  


Al poquito rato llegó Isidoro, trayendo una alforja cargada de guineos verdes y otros productos que su esposa le había encargado. 

 

Nos saludamos con Isidoro y nos sentamos a conversar, mientras doña Filomena se disponía a preparar el almuerzo, al que por cierto ya me había invitado. Después de ponerme al tanto de los últimos acontecimientos sucedidos en el caserío, el nuevo dueño de casa me contó que había hecho algunas remodelaciones en la vivienda y me hace pasar para mostrármelas… y entonces recordé que cuando era “mi casa” el piso era de tierra…; esta es la sala, ahí estaba la mesa grande, donde hacía mis deberes escolares; a la derecha está la puerta del dormitorio, donde estaban las tarimas con sus jergas y sus mantas. Continuamos avanzando y llegamos a la parte más entrañable. A la derecha se encontraba la cocina, y recuerdo que ahí estaban las tulpas, acá se guardan los mates, las cucharas y las tazas; al costado están las ollas, el tiesto, la sartén y las tinajas de agua; suspendido sobre la cocina se encontraba el ajango, donde se colocaban los quesos frescos para que se humeen. Pero antes de entrar a la cocina están los batanes; y digo batanes porque en uno, el más grande, se molía el maíz para las tortillas, el tostado para el sango o el maíz tierno para los tamales de choclo; el otro era más chico y ahí se molía el café tostado; cada batán tenía su respectiva “mano”. Hacia la izquierda se encontraba el soberado, donde se almacenaba el maíz, las alverjas y las latas de manteca, entre otros víveres que se consumirían después de cierto tiempo.

 

Cruzamos la puerta trasera y encontramos un corredor donde a la derecha se hallaba el horno en el que se horneaba el sabroso pan casero o los deliciosos mazapanes. A la izquierda, al fondo, está el alto rimero de leña de faique; también están el arado y demás herramientas agrícolas, y más acá los aperos y bozales del fino mulo de paso y las angarillas del piajeno.

 

Seguimos avanzando, pero ahora ya en la zona sin techo. A la derecha está el enorme guabo machetón que sirve de gallinero, y a la izquierda el chiquero, donde son cebados los “coches” que algunos meses más tarde se convertirán en riquísimos chicharrones y “morenas”, y en carne y manteca sabrosas.

 

Luego vienen el huerto y el jardín, donde mi señora madre sembraba la albaca, el perejil, el culantro, el romero y otras hierbas necesarias para la sazón de la gastronomía del hogar; y las distintas especies de flores que perfumaban el ambiente y embellecían el paisaje.

 

Finalmente, algo más abajo, y detrás de unos chopes, se encontraban los servicios higiénicos ecológicos.

 

De esta manera, y gracias a la amabilidad de Isidoro y de doña Filomena, que me permitieron ingresar a su morada, pude recuperar el tiempo y el espacio donde nací, di mis primeros pasos y crecí, hasta que, “como hoja que el viento arrebata”, el destino me trajo hasta estos lares; vivencias que ahora comparto con los dilectos lectores de este humilde blog.

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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