Las exequias de doña Luisa
LAS EXEQUIAS DE DOÑA
LUISA
Hace unos días llegó a la redacción
de este blog un sobre manila tamaño oficio, el cual contenía varias hojas de
papel bond escritas a máquina; estaban amarillentas y con evidentes señales de
haber sido mecanografiadas hace bastante tiempo y guardadas por muchos años. El
texto no lleva título (el que aparece sobre estas líneas ha sido agregado por
mí), autor ni fecha, y tenía numerosas tachaduras y enmendaduras, que hacen
difícil su lectura. Por el tema y por estar a pocos días de cumplirse los
sesenta años del acontecimiento relatado, me he tomado la licencia de
transcribirlo y compartirlo con los cultos lectores de este humilde blog. [El editor]
Viernes, 24 de noviembre de 1961. Son
casi las nueve de la noche. El cielo está estrellado. La familia se alista para
ir a descansar. De pronto, en el gallinero se escucha el revuelo y cacareo de
las gallinas y a lo lejos el aullido y ladrido de algunos perros. Doña Elena ha
ido a la habitación de su madre para atenderla antes de que se acueste.
—Alberto, Alberto…, ven rápido; creo que mi mamá se está
muriendo!, —
se le escucha a doña
Elena llamar a su marido; él acude al llamado de su esposa y ve a doña Luisa
Cruz Campos dar su último suspiro en los brazos de su hija mayor.
Inmediatamente, don
Alberto corre a avisarle a don Julián, el hermano de su mujer que vive unas
casas más allá. Ante la situación, ellos acuerdan mandar mañana bien temprano un
“propio” al Frejolal y a El Bronce a darles la triste noticia a don José Santos
Castillo, esposo de la difunta, y a sus hijos Agripino, Ángel y Humberta. Otra
persona deberá ir a Santo Domingo a enviar un telegrama a don Aracelio, el hijo
que vive en Lima, y a comprar bastantes velas y otras cosas necesarias para la
capilla ardiente, según las indicaciones que doña Fedima García suele dar en
estas circunstancias.
El sábado por la
mañana llegaron los familiares del Frejolal y de El Bronce, con un tropel de churres,
los que junto a los hijos de doña Elena y las hijas de don Julián armaron una
gran pihuila de nietos.
Don José Santos
asumió el control de la situación y repartió las tareas. Los varones se
encargarán, entre otras cosas, de comprar aguardiente para el “gloriao” y de
“pelar” una res y proveer de abundante yuca, arroz y café para que las
señoras preparen la comida que se les brindará a los concurrentes al velorio.
Para los actos
fúnebres que se realizarán durante nueve noches vieron por conveniente
contratar a un rezador, para que diga las oraciones de rigor, y a don Cristino
Rodríguez, quien con sus cantos tristísimos que entona con una voz muy aguda,
provoca el llanto y los lamentos de las señoras y más de un curtido varón
deja escapar sus lagrimones.
El sepelio se
llevaría a cabo el domingo por la mañana. Para el efecto se seleccionaron a los
varones más fornidos, para que trasladen el ataúd en hombros desde el caserío
de Chungayo hasta el cementerio de Santo Domingo.
Desde el caserío se
ve al compacto gentío subiendo por la cuesta colorada del camino real para luego
perderse por la Puerta de Golpe. Cada cierto tramo se detiene el cortejo para
que los cargadores se turnen en el traslado del ataúd, momento en que las
señoras, vestidas de riguroso luto, aprovechan para llantear y manifestar a voz
en cuello lo buena y bondadosa que había sido doña Luisa con las demás personas,
y lo querida que lo había sido por todos.
Pasado el mediodía
empiezan a regresar los que había asistido al sepelio. Son esperados con sus
respectivos mates de seco de carne, acompañado con bastante yuca y arroz, así
como de chicha fresca de maíz para asentar.
Terminado el yantar
los asistentes a las exequias se retiraron a sus casas y en la residencia de
doña Elena y don Alberto solo quedaron los familiares más cercanos de doña
Luisa, haciendo los preparativos y acondicionando el lugar donde se llevarán a
cabo los actos fúnebres durante las próximas noches.
Y así fue
transcurriendo el duelo, hasta que llegó el noveno día, cuando se realizó el
inventario. Además del gran número de familiares y amistades de Chungayo, al
evento acudió bastante gente de otros pueblos y caseríos, de manera que se ve a
muchos forasteros, algunos de ellos con el poncho levantado en el lado
izquierdo para lucir sus espadas.
Para la ocasión se
ha contratado a un pregonero, quien en voz alta anuncia y describe a los
animales y cosas que han pertenecido a doña Luisa y que han sido destinadas
para el remate, el cual se realiza con la presencia del juez de paz de Santo
Domingo y del teniente gobernador de Chungayo.
Concluido el remate,
los concurrentes disfrutaron de un sabroso almuerzo, después del cual cada
quien toma su camino.
Por su parte, las
nueras y algunas señoras amigas de la familia se trasladaron a la quebrada, a
lavar la ropa y la cama de quien fuera doña Luisa Cruz Campos…
… …
El
manuscrito incluye tres líneas más, las cuales aparecen tachadas en el original.
[Nota del Editor del blog]
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