Semana Santa en Chungayo

 

Semana Santa en Chungayo

 

Saúl Castillo Peña

 

 

Cuantuá, cuando era churre, allá en Chungayo, la Semana Santa se celebraba con muchísima contrición.

Todo empezaba el domingo, cuando mis padres iban a Santo Domingo, para asistir a la misa, y regresaban con sendos pedacitos de hoja de palma bendecidos por el cura, uno de los cuales se colgaba en el dintel de la casa para que proteja a la familia de los ladrones y de todos los males.

Desde el Lunes Santo todos debíamos portarnos bien, no tener malos pensamientos, no decir lisuras ni mentir, y tampoco subir a los árboles porque nos podíamos quedar pegados a estos para siempre.

Tampoco se podía escuchar música, por lo que durante toda la semana el ‘piká’ de don Julián Castillo no debía funcionar. Durante esos días todos andábamos calladitos y sin reírnos, porque Dios podía castigarnos y mandarnos al infierno.

En la noche del jueves la familia se reunía para rezar de rodillas el Santo Rosario. Nuestros padres dirigían el acto sagrado, y al finalizar el párrafo de la oración que decía “Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu Santísima Cruz redimiste al mundo”, todos debíamos inclinarnos y besar el suelo.

El viernes, día principal de la Semana Santa, se iniciaba con un rigurosísimo ayuno, el que luego se desquitaba con un suculento almuerzo, compuesto por los tradicionales ‘siete potajes’.

Mas de aquellos ‘siete potajes’ mi memoria solo registra la riquísima mazamorrita de maíz con leche. También recuerdo que este delicioso manjar se compartía con las demás familias del caserío a las que se llevaba una porción de este dulce, como una manera de invocar al Todopoderoso para que nunca falten los alimentos en el hogar.

Una vez concluido el ágape de los ‘siete potajes’, los adultos varones, provistos de picos y lampas, se disponían a ir a huaquear a los sitios donde ellos suponían que los ‘gentiles’ habían enterrado sus tesoros, pues según la creencia popular, a las tres de la tarde, que es cuando muere Jesucristo, era el momento más propicio para desenterrar dichos tesoros. Sería cierto o no, el autor de estas líneas no lo pudo comprobar.

Ya es el Sábado de Gloria, y cuando aún estaba oscuro, un ruidoso ajetreo me despierta y al salir del dormitorio encuentro a los adultos, varones y mujeres, preparándose para ir a la quebrada, pues según decían al bañarse ese día antes de que salga el sol el agua limpiará y purificará los cuerpos y las almas de los cristianos por todo el año.

Llegado a este punto, y por más que hurgo en mi memoria en busca de más recuerdos acerca de esta festividad durante mi infancia en Chungayo, no he podido obtener más información, por lo que doy por concluida esta remembranza.  

    

 

 

 

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