Mis primeras lecturas

                            

              

                                                




                                    SOBRE MIS PRIMERAS LECTURAS

 

Saúl Castillo Peña

 

Mis padres me contaban que cuando yo tenía unos cuatro añitos algunas veces iba acompañando a mi mamá a la quebrada a traer agua, y cuando pasaba por la casa de doña Fedima, ella me preguntaba qué me habían traído en las encomiendas, y que yo, muy serio, le respondía: “¡Papeles!”. Era comprensible esta respuesta tan rotunda, porque quizás, como todo niño, esperaba que lo que hubiera en las encomiendas fueran chocolates, galletas, confites u otras golosinas.

 

Asimismo, recuerdo que mi mamá me contaba que uno de sus primeros hijos le leía el libro sobre el emperador Carlo Magno y los Doce Pares de Francia, y de estos los que ella más me mencionaba eran Oliveros, Roldán, Ricarte de Normandía, entre otros; y también me hablaba de la bella Floripes, la hija del rey moro que por amor se convirtió al cristianismo, así como del gigante Fierabrás, rey de Alejandría y enemigo de Oliveros.

 

Sirvan las líneas precedentes como preámbulo para comentarles, en esta oportunidad, acerca de mis primeras lecturas allá en Chungayo, a fines de la década de 1950 y principios de los años sesenta.

 

Uno de mis primeros recuerdos de mi relación con los libros es el de El Catecismo en estampas, que era un libro grande y pesado que encontré en la casa, el que estaba lleno de dibujos, lo que lo hacía más atractivo para mí porque yo aún no sabía leer. Aparte de los dibujos de Dios, de Jesucristo, de los ángeles, las vírgenes y los santos, había también de bastantes demonios, sobre todo en el que representaba el infierno. Esto último, por cierto, no dejaba de producirme un poco de miedo.

 

También llegaron a mis manos unas historietas denominadas Vidas ilustres, las que apenas aprendí a leer las leía una y otra vez. Una era sobre el padre Miguel Hidalgo y Costilla, prócer de la independencia de México, y la otra se refería a Bartolomé de Las Casas, llamado el Apóstol de los Indios.

 

Otra de mis lecturas favoritas fue la del libro Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, el cual contenía ocurrencias muy graciosas que me hacían reír a carcajadas.

 

Y como felizmente en esos años en Chungayo no había televisión ni internet, y no había con quien jugar, el que esto escribe se la pasaba leyendo el Almanaque Bristol y todos los papeles impresos que encontraba por ahí.    

 

Por cierto, entre los “papeles” a los que se refería con disgusto el niño en el primer párrafo de este relato se encontraban muchos libros y revistas, que uno de mis hermanos mayores enviaba desde Lima. Entre las revistas estaban CaretasOiga y Fanal, así como las norteamericanas Life y Selecciones del Readers Digest. En cuanto a los libros, estos pertenecían a la editorial limeña Populibros, y eran bastante económicos.

 

Cuando empecé a leer estos libros, yo ya estaría en segundo año de primaria y podía leer de corrido. Entre los que leí en ese entonces los que más recuerdo son: Los de abajo, del mexicano Mariano Azuela; La vorágine, del colombiano José Eustasio Rivera; Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos; Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza.

 

Entre los libros de esa editorial merece mencionarse también una antología de la poesía peruana, donde se encontraba el poema “El andarín de la noche”, de José María Eguren. Nuestra lectura de esta obra coincidió con la estancia en Chungayo de un hermano mayor, quien era muy inquieto y se escapaba una noche, y la otra también, a visitar a sus amiguitas. Mi papá, a quien no le pasaban desapercibidas las andanzas de su hijo, le puso a este el apodo de “El Andarín de la Noche”, que le cayó como anillo al dedo.

 

Concluyo estas remembranzas con la referencia del libro que me marcó vital e intelectualmente: El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Publicado también por Populibros, en dos tomos, fue la novela que me descubrió otros horizontes sociales cuando me encontraba en el inicio de mi adolescencia. Rosendo Maqui, el Fiero Vásquez, el bandolero Doroteo Quispe; el hacendado Álvaro Amenábar, entre otros muchos personajes, convertían Chungayo en otro Rumi. En torno a este libro recuerdo que cuando yo tenía que ir a cuidar que los pericos no se coman los choclos, me lo llevaba escondido para leerlo en el maizal, pero resultaba que me atrapaba tanto su lectura que me olvidaba de los pericos…  

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