En la vida hay amores....
EN LA VIDA HAY AMORES…
Saúl Castillo Peña
Aunque soy de quienes piensan ―parafraseando una conocida cumbia― que el amor “no tiene horario, ni fecha en el calendario”, al aproximarse el Día de los Enamorados ―celebración promovida por los medios de comunicación y la publicidad― se me dio por recordar mis años adolescentes.
Entonces recordé que cuando andaba por los diez años para entrar en los once, se me fue pasando el interés por los juegos infantiles y empecé a mirar con cierta insistencia a las alumnas de la Escuela de Mujeres, sobre todo a una niña de trenzas y ojos azabaches.
Pasaban los días, las semanas y los meses… y todo seguía igual. Bueno, igual para los demás pero no para este escribidor, pues de tanto pensar en aquella ‘Dulcinea’ (permítamme los discretos lectores de este humilde blog que me reserve su verdadero nombre) mi cabeza estaba en la Luna, por lo que mis padres me reñían a cada rato ya que por andar siempre embelesado no hacía bien los mandados.
Mi hermano mayor, que por esos años estudiaba en el Instituto Nacional Agropecuario, de Santo Domingo, regresaba a Chungayo los sábados. Y fue en una de esas ocasiones cuando armándome de valor le conté mis cuitas de bisoño enamorado y le pedí que me aconseje cómo proceder en esta ―para mí― dramática situación; pues mi hermano era conocido por sus cualidades y habilidades que eran muy apreciadas por las damitas de Chungayo y alrededores, prueba de ello era que varias de ellas siempre me preguntaban por él.
Y es que además de sus dotes de gran palabreador él siempre llevaba consigo un librito titulado El secretario de los amantes. El libro de los enamorados, el cual además de los modelos de cartas apropiados para cada situación ―declaraciones, reconciliaciones, pedidos de matrimonio, etcétera, etcétera― incluía numerosos consejos para las parejas. Por eso, apenas le expuse mi caso, inmediatamente tomó cartas en el asunto y me indicó que copie la carta que según sus amplios conocimientos ―teóricos y prácticos― era la que más convenía.
Así que poniendo manos a la obra, de acuerdo a sus instrucciones transcribí la misiva en la hoja de un cuaderno, pero cuando se la mostré me reconvino severamente diciéndome que cómo se me había ocurrido copiarla en una hoja de cuaderno e inmediatamente me alcanzó un papel de carta y un sobre muy bonitos, de los que él siempre estaba premunido.
Luego, con muchísimo cuidado transcribí mi primera carta de amor en el papel indicado, la puse en el sobre y se la di a un churre, a quien le pagué una peseta para que se la entregue a la destinataria. Pero no sé si se la llegó a entregar, porque hasta ahora estoy esperando la respuesta.
Que tal escribidor Saul, muy bonitas anécdotas. Será cierto o es ficción de Saul?.
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